Día 30 domingo
Hoy fuimos a convivir con el pueblo de Diana, este es el pueblo que más cristianos hay. Todo comenzó hace unos años, cuando el hijo del “musocorobá” anciano del pueblo, aprendiendo a leer y enseñado por una de las primeras Hermanas que fueron, leyó también algo del Evangelio, y se encontró con el nombre de Jesús, preguntó, quién era… y al explicarle la Hna. Quién era, se convirtió, con gran riesgo por parte de su familia, más tarde le siguieron unos treinta y se bautizaron. Ahora, mayoritariamente son cristianos.
Habíamos comprado 50 Kg. De arroz y un cerdito… y muy temprano salimos hacia Diana, nada más salir en dos carretas tiradas por burros, pues nos acompañaron algunos jóvenes de Béleko, el Señor nos regaló la lluvia, si, y además abundante, tan abundante que nos caló hasta los huesos.
Todo nuestro viaje fue como una emisora de radio, canción tras canción, cuando pasábamos por los pueblos, la gente salía a saludarnos con la misma alegría que nosotros llevábamos. Al final fuimos bajando del carro, pues los burros no podían con tanto barro y nuestro peso.
Nos recibieron con agua para lavarnos y ropa seca para cambiarnos hasta que se secase la nuestra, podíamos coger algo
Nos fuimos a la iglesia para nuestra celebración de la Palabra. Vivimos un Pentecostés y un mismo Espíritu, pues aunque nuestros idiomas eran diferentes, rezamos juntos y unidos porque nuestro corazón era uno. (se ordenaba un sacerdote este domingo en la capital y no había ninguno para celebrar) Era el Evangelio de la multiplicación de los panes y los peces. Allí no había formas consagradas, así que vivimos después la comida compartida, como una presencia especial de Jesús entre nosotros, como lo hizo en el milagro.
Mientras las mujeres preparaban el arroz y la carne, los demás compartíamos la música y la danza, lenguaje en el que todos podemos participar.
Después bañamos a los peques y les pusimos la ropa que nos habían dado de una tienda de Madrid. Aunque algunos lloraban ante la novedad, al final todos estaban contentos y felices.
El catequista, bendijo la comida (como el Señor) y nos sentamos en grupos (como en el evangelio, los hombres por lado y las mujeres y niños por otro), por eso era más fácil contar los hombres, aquí son menos, las mujeres y los niños, son muchos más.
Tampoco es fácil expresar lo vivido en este encuentro donde todos fuimos iguales, compartimos la fe, la comida, la música, los bienes, las carencias…, ¡¡Todo!!
Crecía nuestra fe, porque como en otras ocasiones, era posible un mundo distinto.
Una de nosotras estaba preocupada porque era la que llevaba los caramelos para el postre, pero no eran suficientes, no nos llegaban para todos ¿qué hacer?, mejor entonces no sacarlos (se nos ocurrió), el arroz y el cerdo había llegado y sobrado incluso, pero esto no lo habíamos medido bien…
Nuestra sorpresa fue que ellos habían pensado también aportar algo, y ese algo, fueron:
¡¡¡ caramelos !!! por supuesto, que hubo para todos.
El catequista, pidió camino para marchar, y reanudamos el viaje de vuelta: INOLVIDABLE
El catequista, pidió camino para marchar, y reanudamos el viaje de vuelta: INOLVIDABLE

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